sábado, 22 de marzo de 2008

Mi barba

Recuerdo mi entrada a la Universidad Católica. Tres décadas atrás. Allá por el lejano año 1978. Tenía apenas 20 años pero me sentía infinitamente más viejo en relación a mis compañeros que sólo tenían 18. Además que cooperaba con mi aspecto de hombre maduro luciendo barba. Quería ser viejo parece, porque apenas salí de cuarto medio nunca mas me afeité. Durante el verano inmediatamente siguiente la barba creció lentamente, en cuarto medio no era de afeitarme todo los días, quizás una vez a la semana, así que los pelos salieron como pelo de guagua. Eran suaves, delgados, dóciles, brillantes, una mezcla de pelos negros, café moro, castaño, café claro y rubio, que fueron el primer aviso de canas. Me pasaba jugando con los pelos de la barba, me hacía remolinos, usaba los dedos para enrollarlos, en los de la pera metía un lápiz y me hacía rulitos, los bigotes nacían ordenados dejando los labios descubierto. Era una barba simétrica, bien hecha, nunca en ese tiempo tuve que recortarla, no tenía que afeitar dibujando un borde en la cara, sino que siempre natural. En la ducha, tomaba el champú y me pasaba largos minutos haciendo espuma, enjuagando una y otra vez, desenredando con los dedos, masajeando, enjuagaba y mas champú. Y nunca me secaba. Nunca los aplastaba secando con toalla. Quedaban mojados y así se secaban. Después usaba los dedos para peinarme. Era como acariciar el cuello de un gatito. Bueno, eso me decían. Pero a veces los desarmaba y los mordía. Me pasaba largas horas con los pelos en la boca, chupándolos, mientras pensaba, en las pruebas, mientras leía. Cuando tenía que hablar los ordenaba nuevamente. Metía los dedos en los pelos del cuello y desde ahí peinaba hacia arriba, le daba volumen. Siempre me aseguraba que los dedos nunca se enredaban en la barba. Siempre estaba peinada con los dedos. A veces andaba con una peineta, de esas de cuatro dientes, especial para pelos crespos, y la metía de lleno en los pelos y peinaba. Hacia todos lados, sin dirección. Era un tick.
El primer día caminé por todos los rincones del campus San Joaquín, divirtiéndome como embarraban a los novatos. Obviamente a mi no me iban a confundir con un novato, pero tampoco tenía el ánimo de aprovecharme y meterme entre los antiguos para perseguir novatos.
Solo miraba, riéndome, mientras me desenredaba los pelos de la barba y chupaba los bigotes.